Historia

La Casa Rural de Carlos. Historia.

Nuestra casa ha sido durante tres generaciones una fábrica de peines y de botones. En los tiempos de mi abuelo se fabricaban de asta de toro. Con la llegada del carey y del acetato pasaron a fabricarse en lo que la mayoría de nosotros conocemos como “concha”. Este trabajo ha sido, a lo largo de tres generaciones, un trabajo artesanal que requería mucho mimo y mucho esfuerzo. Con la llegada del plástico se dejaron de fabricar peines de manera artesanal para fabricarse  de plástico a gran escala. Por lo que en 1991, a la jubilación de mi padre, decidimos que la fabricación de peines artesanales había llegado a su fin.

Esta es una pequeña muestra de los peines que se fabricaban.

 

En 1992 el pequeño local que toda la vida había sido una fábrica de peines pasó a ser mi casa y, como no, la seguimos llamando La Fábrica.

Cuando, después de los años, reconvertimos nuestra antigua fábrica y nuestra casa en alojamiento rural era imposible cambiarle el nombre. Todos la conocían por La Fábrica  de peines. Así que nos pusimos a buscar el nombre que le daríamos a cada uno de los 4 apartamentos que hoy la conforman. Buscar el nombre para ellos, la verdad,  fue lo más fácil del mundo.

Este era un antiguo plano de cómo estaba distribuida la fábrica de peines.

 

A la entrada del pequeño local estaban dos pequeños despachos y la recepción de mercancías. Mi padre los dispuso en ese lugar porque, después de sus innumerables horas de trabajo en el taller, cuando se sentaba a hacer sus números, quería tener vistas a los huertos de naranjos que tanto le apasionaban y que lo tenían completamente enamorado. En todas las épocas del año pero en especial en primavera cuando podías disfrutar del espectacular olor de azahar y de unos campos cubiertos de un manto blanco de flores blancas.  Así que ese fue el nombre que le pusimos al apartamento que tiene vistas a los huertos de naranjos, Els Tarongers.

Un poco mas hacia el interior del local se encontraba toda la maquinaria. No era mucha porque era un pequeño taller artesanal, pero sí tenia sus sierras circulares, sus fresadoras ( o tupís), sus lijadoras, pulidoras y las más importantes: 3 máquinas puadoras que diseñó personalmente mi padre para que el acabado de nuestros peines fuera único y personal. Bien pues, en esa zona, donde estaba el grueso de la fábrica, la hemos seguido llamando igual: La Fábrica.

Una vez los peines estaban cortados, fresados (dada la forma), lijados y puados, pasaban a ser pulidos con una mezcla de lava de volcán y agua. Una vez pulidos pasaban a unos grandes fregaderos de mármol para ser lavados- uno de ellos sigue todavía en la casa- y quitarles toda esa pasta y , acto seguido, se dejaban secar. Se dejaban secar en la zona más cercana a los fregaderos, una zona que era fresca y que tenía cierta corriente de aire. Así es como le pusimos el nombre a El Secadero.

Una vez secados había que darles brillo y volverlos a pulir. El toque final de brillo se les daba con vapor de acetona que les hacia perdurar el brillo por años. Acabado este proceso se pulían, siempre a mano, uno a uno, cada peine con un paño de algodón, después se marcaban – en la foto podéis ver que alguno la lleva – se enfundaban en unas fundas de celofán transparentes, se encajaban en cajas de a doce y se preparaban los paquetes para su envío. Una labor cuidadosa y de mucho mímo. Esa era la labor que tenía mi madre. En un pequeño  cobertizo que daba al patio estaba ese rincón. Su rincón. Recuerdo todavía, de pequeño, entrar en el taller y preguntar “¿dónde está mamá? ¿En su rincón?”. Mi madre se llamaba Hilaria pero todos la conocían por Laieta. Y así se quedó, El Rincón de Laieta, como no podía ser de otra manera.

Bueno, pues esta es una pequeña parte de nuestra historia. Ya sabeis  el por qué de los nombres de nuestros apartamentos. Y más curiosidades, a vuestra llegada.